lunes, 30 de enero de 2017

De noche cambio de color

Alguien me dijo un día, que la noche es la afirmación de que Dios existe. Y esa frase no me podría parecer más acertada y pertinente; esta persona murió de noche. Si consideramos el hecho de que, cada estrella representa en sí misma, a un alma que de tanto calor atrae a gentiles cercanos, a danzar a su alrededor. La noche sería una composición de profunda elaboración que Dios entrega al hombre, y selecciona a la mujer como protagonista. La noche, semejante a Dios. La noche introducida al interior de un cigarrillo. La noche consumiéndose. Todos estos son aspectos poéticos. Sin embargo, la adoración de la estética de la noche, está profundamente enterrada en el hombre; de noche estas raíces se movilizan, y crean una red de árboles, que se alimentan con la luz de la luna. Y estos árboles entregan ideas, preguntas y también respuestas. Judas, yace colgado de estos árboles y espera la respuesta correcta o la pregunta fallida.  En una ocasión, entregué y expuse la teoría, si se quiere poética, de que el insomnio era el árbol gestor del fruto prohibido. Que quien lo come, se encuentra a sí mismo desnudo y solo. Esta vez, mi deseo es entregarles la teoría certera de que, la noche empareja todos los quistes de la humanidad. De noche, los colores se sustraen de sí mismos y se unen; uno no sabe si la luna es verdaderamente blanca, amarilla o azul. Si las nubes están envueltas en un negro carbón, o se trata de un violeta opaco. Todo se une, las formas al adquirir poco a poco, con las horas, con la lentitud de un reloj de arena, las picos más altos de la noche; se disuelven, se escapan, dilusión cósmica. De noche cada uno brilla, con el color que le corresponde o bien, al que tiene acceso. En mi caso, destilo una luz azul inmortal. 

Rembrandt, vaya a saber usted. 

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