La luz atraviesa los techos transparentes de la línea de aire de la casa, una madre vestida de tiempo e historias, gira de un lado a otro en la cocina y prepara una comida deliciosa, llena de detalles y sublimes proezas, el aroma de legumbres y caldos se enroscan en las escalas de la casa. La luz clara y fina de las dos de la tarde roseaba las ventanas del comedor, resaltando el humo que se salía de la cocina hasta el patio, inundando las jaulas de los pájaros. Arriba, en el tercer piso arqueado por un techo de madera, descansa un hombre ya entrado en años, que sintoniza asiduamente los programas de la National Geographic, o en su defecto, de Discovery Channel. Vaya investigador nato. La madre arroja al viento un grito sublime: "¡Ya está lista la comida!"... De inmediato, terminan todos sentados entorno a un comedor de vidrio transparente que simula un círculo solar y ellos orbitan con sus conversaciones típicas y sosegadas. Habían elegido al azar un canal en la parrilla de la parabólica que cobijaba la cobertura de su televisor negro, viejo y de marca Sony. La pantalla comenzó a lanzar imágenes de secuestros y asesinatos; el tipo de corbata que ya parecía un retrato inmóvil en el televisor, todos los días y a la misma hora, repitió lo mismo del día anterior: "Nuestro pueblo corre peligro, en las manos de la delincuencia". Todos tenían entendido, que no era nada nuevo, que era como una novela infinita que se repetía capítulo a capítulo, y cada vez más víctimas cobraba. El padre agarra un pedazo de carne de la mesa de noche y se lo lleva a la boca con ansiedad, lo mastica con fuerza y mira en las noticias el rostro de su hija. Y abajo rezaba el siguiente título: "Otra lamentable noticia". Los ojos del padre se abrieron como dos puertas enormes, que iban a dar a un abismo de dolor y efervescencia negativa. Su hija, Sofía, había sido gravemente herida en un enfrentamiento de pandillas y un tiro había atravesado su rodilla y otro el hombro: "¡Voy ya mismo para allá!", gritó la madre en un instante de desesperación, a lo que el padre respondió volviéndola a sentar al lado del sofá, diciendo con voz paralizada: "Tenemos que ir al hospital donde la dirigieron". Agarrada de la idea de llegar primero que todos al hospital, se subió a la idea por el momento, brillante del padre... Y condujeron hasta el hospital, el más cercano a casa, San Juan de Dios, dicen que se llama; con los corazones bailando a la velocidad de la luz. Se bajan del auto con hostilidad al entorno, llegan a una puerta fría y metálica, y se dan cuenta por medio del rostro del médico que Sofía había muerto; el médico mostró que un disparo le atravesó también la cien. Es decir, tres disparos dejaron a una familia sin futuro.
"Dicen que a través de las palabras, el dolor se hace más tangible, que podemos mirarlo como a una criatura oscura, tanto más ajena a nosotros, cuanto más cerca la sentimos".
domingo, 23 de julio de 2017
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