domingo, 23 de julio de 2017

La mujer que siempre tenía frío


                                      



Al fondo de una habitación teñida de colores grises en las paredes, y de cáscaras de hielo en las dos ventanas, que paralelas y casi al unísono, trataban de iluminar el centro de una oscura recámara, con el apoyo de una luz rayada y polvorienta, producida por el mismo descuido que colgaba con evidencias fieles de los vitrales encajados en unos desgastados marcos de madera; se encontraba tambaleándose sentada en una esquina, temblorosa y con los labios imposiblemente azules, una mujer que en vez de piel, parecía tener una fina capa de nieve sellándole los huesos y los músculos. Aparentemente, tan frágil y clandestina, al aire y a las palabras. Intenté dar un saludo ligero pero mi lengua no podía reproducir sonido alguno y pronto me enteré que se trataba de un fugaz sueño, de un espacio y un tiempo, que hace mucho habían sido olvidados por la realidad y por la mente. Una voz irrumpió el silencio, diciendo cosas en el idioma del frío, después de que esas cosas fueron dichas, y como por una fortuna azarosa y pertinente, comenzó a llover a cántaros, comenzó a llover como si nunca hubiese llovido; las gotas eran largas y muy azules, impredecibles, salían disparadas del cielo, de unas nubes gruesas de grises y luces blancas. Y se estrellaban contra las cáscaras de hielo que adornaban las ventanas del lúgubre sitio. Los golpes sobre el marco, los vitrales de la ventana y el viejo hielo canoso que ya se iba desmoronando poco a poco, acentuaron la luz que se recogía tímidamente en el centro de la habitación, y se pasó de un tono amarillo y opaco, a una estela muy transparente y azul, con el aura indomable característica de un espejismo o de una rápida ilusión. Di un salto y comencé a volar, me miré la espalda por la culpa de los cuentos de la infancia, y vi con asombro que no tenía alas. La mujer se sonrío y pensé que nunca había visto tanta serenidad almacenada en un gesto, la lluvia comenzó a detenerse lentamente, como una canción que se va acabando por medio de vagos ecos que se van mermando los unos a los otros. Recordé con temor que se trataba de un sueño y al instante, me desplomé en el suelo, como una cometa abandonada por su dueño, una cometa que había caído absorta al darse cuenta que los sueños no existen, que los que existimos somos nosotros. Secretamente la mujer comenzó a acercarse, dejando huellas glaciales en el recorrido que emprendió desde el rincón en el que estaba acomodada hasta donde yo me encontraba, ya con la palidez necesaria para recibirla. Se acercó con sagacidad y con velocidad silenciosa, de repente tuve sus labios frente a los míos y comprendí que la lluvia también nos besa y que el frío es un hogar de historias.



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