Todos somos padres de nuestra propia oscuridad, arquitectos de nuestro propio silencio. Creadores de mundos de papel y sueños de algodón que se orillan en las nubes, y desaparecen en la profundidad de la noche, conforme ésta crece y de expande como un tumor secreto e incontrolable, se procede con rigor y se nos muestra el rostro verdadero que comprime todas nuestras emociones, y a veces no es agradable. Continuamos tejiendo las sombras que nos mantienen en búsqueda constante de la luz, y nos pinchamos con la plateada aguja que estaba al servicio, y nuestra sangre canta un jardín de rosas negras, que se esparce a nuestros pies como un repentino brote de una sobrenatural primavera. Las almas de las sombras se conmueven y deciden habitarlo, y deciden reproducirse, y deciden oscurecer todo lentamente, como una tarde pausada de verano. La noche nos justifica, camufla las heridas y nuestros fantasmas juegan a ser nosotros, durante las breves treguas del insomnio, y ahí, comenzamos a ver pequeñas velas, anunciando nuevas puertas, y también pequeñas ventanas, anunciando nuevos mundos. Caminamos en compañía secreta de nuestros vacíos, de la mano helada de nuestros desconciertos, sobre los hombros de nuestros miedos, y abrimos esas puertas y saltamos por esas ventanas; así que siempre tenemos que estar volando, chapaleando en el aire, con fé en lo imposible. El reloj ha dejado de importar tanto, siempre fue muy poco queriendo ser mucho, quizo encerrar nuestro destino y hemos descubierto que queremos ser libres. Deseamos ser guiados por el movimiento atmosférico de las nubes, por la temperatura del aire y la posición angular de las estrellas, ninguna nube es eterna y en eso somos iguales a ellas. El tiempo nos va marchitando, como el fugaz segundo que ya no existe. Nos disminuye como el verso memorable que nuestra memoria ha perdido. El espejo no ignorará nuestras canas y reflejará con ahínco nuestras arrugas. Pero hay algo que ni el espejo ni el tiempo pueden manipular, no pueden deteriorar esa sombra que nos abraza, ni la luz que se nos promete.
Todos somos padres de nuestra propia oscuridad, arquitectos de nuestro propio silencio. Creadores de mundos de papel y sueños de algodón que se orillan en las nubes, y desaparecen en la profundidad de la noche, conforme ésta crece y de expande como un tumor secreto e incontrolable, se procede con rigor y se nos muestra el rostro verdadero que comprime todas nuestras emociones, y a veces no es agradable. Continuamos tejiendo las sombras que nos mantienen en búsqueda constante de la luz, y nos pinchamos con la plateada aguja que estaba al servicio, y nuestra sangre canta un jardín de rosas negras, que se esparce a nuestros pies como un repentino brote de una sobrenatural primavera. Las almas de las sombras se conmueven y deciden habitarlo, y deciden reproducirse, y deciden oscurecer todo lentamente, como una tarde pausada de verano. La noche nos justifica, camufla las heridas y nuestros fantasmas juegan a ser nosotros, durante las breves treguas del insomnio, y ahí, comenzamos a ver pequeñas velas, anunciando nuevas puertas, y también pequeñas ventanas, anunciando nuevos mundos. Caminamos en compañía secreta de nuestros vacíos, de la mano helada de nuestros desconciertos, sobre los hombros de nuestros miedos, y abrimos esas puertas y saltamos por esas ventanas; así que siempre tenemos que estar volando, chapaleando en el aire, con fé en lo imposible. El reloj ha dejado de importar tanto, siempre fue muy poco queriendo ser mucho, quizo encerrar nuestro destino y hemos descubierto que queremos ser libres. Deseamos ser guiados por el movimiento atmosférico de las nubes, por la temperatura del aire y la posición angular de las estrellas, ninguna nube es eterna y en eso somos iguales a ellas. El tiempo nos va marchitando, como el fugaz segundo que ya no existe. Nos disminuye como el verso memorable que nuestra memoria ha perdido. El espejo no ignorará nuestras canas y reflejará con ahínco nuestras arrugas. Pero hay algo que ni el espejo ni el tiempo pueden manipular, no pueden deteriorar esa sombra que nos abraza, ni la luz que se nos promete.

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