miércoles, 31 de mayo de 2017

Nadaísmo primordial

Cierro los ojos y el otro soy yo, y la nada se me hace todo pero al fin y al cabo nada comprendo y todo no se explica. La oscuridad me mira con los ojos penetrantes de las estrellas, y la luna, se abre como una puerta de metal blanco, giro su picaporte de plata y veo una guerra de lágrimas en donde yo soy el que lleva la ametralladora melancólica. Cierro los ojos y abro la mente como un libro, de mil páginas y pasta dura, rojo como una herida recién hecha; el mundo se hace tan poco para los muchos que somos nada, y todo a la vez, todo a la vez es tanto, demasiado para un alma libre atrapada en la ironía de una novela repetitiva y absurda. Qué equilibrios y qué ingenierías tan terribles desarrollan los arquetipos y acomodan los destinos en las manecillas de todos los relojes, que tampoco son nada; todo lo que diga podría ser utilizado en mi contra, pero en mi contra ya no puede haber nada, pues ya no tengo ni sombra, ni brújula de ningún tipo. En mi perchero yacen mis alas como un disfraz que ya no uso, y el tiempo las ha cubierto de capas de polvo y ha puesto en mi espejo la máscara del olvido, que se parece a tu rostro y, te recuerdo. En mis cuadernos se desangran mis notas y se convierten en poemas fantasmas que ya a nadie asustan. Cierro los ojos y envidio al ciego. Cierro los ojos y al fin veo la verdad del mundo.

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