Fotografía: Leo Berne
Primera llamada. El teléfono sonó como una ambulancia y ella salió corriendo desde el espejo hasta la silla, contestó. Del otro lado estaba su madre, corrió con suerte. Suspiró y hablaron de traiciones. Segunda llamada. Corre como una liebre desde la ventana hasta el teléfono, contesta y del otro lado se encuentra una voz joven y delgada, pero brutalmente desesperada, de una mujercita que no tendría todavía la mayoría de edad: "Ayúdame, me acabo de rebanar un dedo con un cortauñas. Ya no quiero vivir más. Ya estoy cansada de estar cansada". La mujer que amaba decir no, le dice con un tono suspicaz: "Eres mi primer cliente, y si de algo estoy segura, es que tú no te quieres morir, tú lo que quieres es que alguien te compre un esmalte tan bonito como el que yo me estoy poniendo ahora mismo". La mujercita cortó el llanto de un golpe. Y con la voz ya repuesta después de un jadeo de garganta, le dijo: "Está usted loca, cómo cree que me voy a poner un esmalte, faltándome ahora un dedo. Sería horrible y de total mal gusto. Todo lo que quiero es morirme y que mi madre (vuelve al llanto) lance mis cenizas al mar, ahora me cortaré una mano". La mujer que amaba decir no, le dice morada de la risa: "Pero es que es imposible cortarse uno un dedo con un cortauñas, y si lo hubieras hecho, no hubieras parado de llorar, ahora ve y cómpralo, se llama Narva-Es, una marca excelsa. Ademas te demorarías siglos cortando una mano con un cortauñas". La mujer cuelga y vuelve a la ventana a seguir con su pintura de uñas, sus dedos largos, su esmalte y su vista interferida por una paloma. Suena el teléfono, corre a la velocidad de Usain Bolt y contesta. Del otro lado zumba una voz que se le hace familiar y le pregunta: "¿Cómo dices que se llama el esmalte?". Lo repite alzando los ojos al techo y cuelga el teléfono con un gesto de indignación.
La mujer que amaba decir no, intenta regresar a la ventanita, para espantar a la maldita paloma de una buena vez. Pero de repente e imprevisto, tocan tres veces la puerta; uno, dos, tres, golpes secos y separados por el mismo rango de silencio. La mujer que amaba mucho el no, dice: "¿Si, quién es?". La vieja Inés, se oye que contesta una voz juguetona e inmadura. Es su jefe, sin dudas. La mujer que amaba decir no, articula en sus cuerdas vocales una canción de Andrés Calamaro, cuando éste fumaba marihuana con Los Rodriguez: "Estás mojado, ya no te quiero". Del otro lado se escuchan risas y la frase: "Esa del cortauñas estuvo buena, toda la sala de finanzas se rió". Continua explicando entusiasmado: "Ahora los publicistas planean sacar una campaña contra el suicidio que diga que, cada que alguien se corta la uña del dedo gordo del pie, una persona pone fin a su vida. A éste paso te ascenderemos a atender la línea de madres que se arrepienten de ser madres". Se desvanecen unos pasos en la lejanía, mientras la mujer que amaba decir no, sonríe amplia y solidariamente frente al espejo. Mueve de arriba abajo la cabeza. Es un sí de nostalgia y compromiso. Ha encontrado el trabajo perfecto, evitar que la gente ponga fin a su vida, recalcándoles lo estúpidos que son.

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