Pieza visual: Jared Tyler, en Flickr.
La felicidad es una raza, evidentemente en extinción; no se puede ser feliz si uno no la lleva en la sangre, grabada en los glóbulos desde el nacimiento, hasta los futuros huesos de la tumba. No acepta intentos, es o no es, desprovista de toda mediación y variedad; el hijo de la felicidad desprende una carcajada con la primer palmada del médico, y desnudo y cubierto de sangre, es feliz, se burla de su desgracia. La mentira de la sonrisa y de los labios estirados hasta acariciar las orejas, ha roto el concepto de felicidad e invoca la humana teoría de la tristeza: la felicidad vista como una promesa, falla siempre, caduca. He ahí el intento bochornoso de la religión. La risa no simboliza felicidad y por el contrario, es cercana a la amargura y próxima a la muerte: "La muerte nos sonríe a todos". Sonreímos para detestarnos un poco menos y alejarnos un poco más de nosotros mismos. Quien desprende demasiadas sonrisas también desprenderá amargas lágrimas, usualmente más verdaderas que esa sonrisa, que la sal del agua ocular borrará sin remordimiento. Todo tiempo pasado fue mejor, eso dice el hombre que se recuesta en la piedra de la tristeza y espera que se convierta en pan. El feliz, desconoce del tiempo y sus relojes, toda marca y medición le es ajena, no sueña incluso, no se limita, sufre la gloriosa enfermedad de la liberación constante. Desea las caídas, se obsesiona con los caminos empinados y descansa su corazón entre los lobos, sin protecciones y sin lamentos, no es poseedor de ningún sello ni conmemora ideas. Siempre está por dentro en fiesta, muerto de la risa, y por fuera vivo de tristeza y seco de silencio. Es el precio de la libertad, es la cuota que cubre el hecho de ser feliz.
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