Fotografía: Pedro Paggani

Todos los bares están llenos de hombres sellados por su roja maldición, abusando del vodka o del whiskey, encadenados a la etílica oscuridad de un ron o de una milenaria cerveza, intentando con amargura, arrancarse de la lengua, ese dulce néctar que, irónicamente, alguna vez los hizo olvidar todo el dolor del que con ellos, fue capaz el mundo y la monotonía de sus secuaces. La mayoría la conocieron luminosa, como una estrella radiante que había roto los cordones de su órbita madre, y va por ahí desordenando los argumentos del universo, despedazando con su luz las bases del cosmos, en La Vía Láctea de un oscuro bar que en las noches se cubre de célebres cortejos y siluetas fugaces, allí las burbujas de las cervezas estallaban de caos y también de música, al interior de los corazones perforados por los infrarojos disparos de una belleza que resultaba angelical pero también terriblemente maligna. A su contacto, siempre la sensación de un inefable fuego, un extraño ritmo de movimientos musculares, que dibujaban una suntuosa vorágine venenosa, en donde todos nos perdíamos, y nos volvíamos a descubrir al otro día indefensos y distintos, y sin ella. Como si hubiésemos vuelto a nacer en un mundo mucho peor, un mundo a la deriva, en donde el amor efectivamente no exístía, pues ya lo habíamos conocido y perdido para siempre. Creo que sus labios eran un precipicio en el que nuestras diminutas almas se columpiaban con descaro, gritando cosas que ella de vez en cuando reproducía como un eco, y así creíamos por un segundo que Dios se fijaba también en nosotros. Recuerdo con claridad un parque de artistas frustrados, que dibujaban a la gente por unas miserables monedas cobrizas, su rostro era el único a color y a gran formato, colgado sobre el árbol central (que en las tardes se tupía de gaviotas), con muchísimos más a lápiz y otros cuantos a carboncillo, en una escalera de madera, que descendía en espiral hasta llegar a la altura de la curiosa muchedumbre. No había hombre, y tampoco mujer, que no se detuviera a verlo e hiciera un comentario sobre la maravilla genética que había obrado con sagrado pincel, para producir unos labios que resumían en sí mismos todos los niveles del cielo y todos los escalones con que está hecho el sobrepoblado infierno, donde quienes la besamos, ya tenemos una suite asegurada. Siempre había que decir que el artista no había exagerado.
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