Fotografía: Cath Rein
Lastimada por el correr de los segundos, se refugiaba en la soledad aparente de las horas tardías: tres de la tarde, seis de la tarde, nueve de la noche, once de la noche, una de la mañana. La concentración no era su fuerte, la consternación en cambio, sí. Su mente estaba siempre derramada por el espacio, creando desiertos y oasis concatenados entre sí con una arrogante ironía que solo ella entendía, mientras su alma abrazaba las valientes distancias, rompiendo los huesos de toda lejanía cotidiana. Era libre de toda definición y atadura, por ende, esta labor ingeniosa de comprimirla en palabras, no es más que el ejercicio utópico e inútil del poeta que, se frustra, y en su frustración constante y en su determinación ingenua, cree haber encontrado un tesoro que ante la masiva multitud, cobra el disfraz de lo invisible o el don de lo inexistente. Su mirada siempre estaba girando en inquietudes varias, como un ocular girasol que perdido va en busca de la luz azul de la luna, hacia un lado y hacia el otro, tembloroso, y cae en desgracia sabiendo que es el sol quien lo alimenta, y desahuciado desaparece en la melancolía de la noche. Los puntos fijos en los que tenía clavada la vista, siempre poseían la consistencia de lo divino, o el aura etérea de lo sagrado: los tableros verdes, los lápices a punto de consumirse, los gatos negros asediando a las aves, y los copos de hielo de las lluvias torrenciales, eran el pan de cada día, el alimento de sus creencias más profundas; su iris se expandía como una supernova en tránsito en las intermediaciones del frío, así que siempre parecía estar soñando.
Huía de la costumbre de los relojes y coleccionaba crucigramas, pues en ellos el tiempo dejaba su cuerpo (los números) para salir en búsqueda de la última verdad del mundo: ¿Y qué es, y cuál es la última verdad del mundo?... Que el mundo es incierto y es fugaz, murmuraba ella mientras se diluía en la ventana rutinaria de los buses y de los trenes oxidados. Su silencio era la voz anhelada, con la que cantaba su alma harapienta, y decía una sola cosa en un idioma que se enclaustraba en el vacío, dirigiéndose a ese mundo que sí es el cierto: "Marchitarse es otra forma de aprender a florecer entre las lágrimas". Claro, cómo podía olvidarme, todavía recuerdo sus lágrimas, dejando húmedos pasos en sus mejillas: cuántas violetas y cuántas acacias envenenadas, nacieron en ese momento de sus pálidos pómulos que simulaban un jardín de transparentes cristales. Ese era precisamente el espectáculo central, de maravillosa simbología milenaria, verla nadando contra corriente, peleando contra el mundo en el trance desgarrador de la tristeza, preguntándose para qué sirve una pregunta, si toda respuesta contenía en sí misma la superficie del engaño. Esa era ella, recordándome con sus manos cruzadas, o bien, lanzadas ambas en cuna sobre su mentón, que la vida es un instante que ningún fantasma recuerda, y por eso se quedan vagando por el mundo, perdiéndose en los instantes, arañando los minutos, reubicando las manecillas de los cronómetros, tratando de encontrar ese momento preciso en que la vida verdaderamente valió la pena. Eso era ella, un humilde fantasma, eso soy yo, un espectro o un holograma pasajero, eso es el mundo, una mortífera ilusión.

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